Hace unos meses me regalaron un libro de Bernardo Stamateas, titulado “Gente tóxica. Las personas que nos complican la vida y cómo evitar que sigan haciéndolo”. Como indica el subtítulo, el libro explica las características de personas que perjudican a los demás y
ofrece algunos consejos para liberarse de su fatal influencia.
Como libro de autoayuda, te permite detectar más fácilmente a las personas destructivas que te rodean, pero también te ayuda a conocerte mejor, pues todos tenemos algún rasgo tóxico más o menos avanzado. Para que te hagas una idea, por el libro pasan los siguientes tipos -o tal vez debiera decir tipejos-:
- El meteculpas.
“La culpa nos lleva a olvidar lo que sentimos y necesitamos, nubla por grandes periodos de tiempo nuestros derechos, convirtiendo nuestras prioridades en necesidades secundarias, mientras le otorga a la opinión y a los sentimientos de los otrs un lugar de urgencia y superioridad” (p. 20).
- El envidioso.
“Puedes admirar en lugar de envidiar. La palabra envidia proviene del latín y quiere decir ‘yo veo’. La palabra admiración también proviene del latín y significa ‘yo miro a’. Envidiar quiere decir ‘mirar mal’; admirar implica ‘mirar a’. Ambas tienen que ver con mirar; la diferencia es que la envidia trae aparejado enojo y la admiración, motivación” (p. 39).
- El descalificador.
“Los descalificadore te endiosan hoy y mañana te bajan del pedestal en un instante. Juegan juegos crueles que pretenden desestabilizar tus emociones y robarte los sueños. Su idea es que vivas desconfiando, te sientas inseguro y dependas de sus palabras y opiniones” (p. 44).
- El agresivo verbal.
“Muchas veces vivimos pendientes de las emociones ajenas, supeditando nuestro bienestar al humor y al trato que otros quieran darnos. Protagonizamos continuos intercambios verbales que nos llevan a pensar qué es lo que debemos decir y cómo y qué debemos hacer y qué no, para evitar despertar al ‘monstruo’: la violencia del otro” (p. 58).
- El falso.
“Sucede que las máscaras terminan adhiriéndose a tu piel, y tú necesitando cada vez más de ellas. Pero la realidad es que sólo sirven para convencer a los demás de algo que no eres” (p. 87).
- El psicópata.
“Los psicópatas son personas que no sienten culpa ni angustia, que mienten, engañan, roban y no sienten absolutamente nada por el daño que causan” (p. 97).
- El mediocre.
“Los seres humanos tendemos a conformarnos y a aferrarnos a lo conocido por miedo a perder lo que ya hemos conseguido” (p. 107).
- El chismoso.
“Los rumores no te quitarán la felicidad ni el sueño. Sólo tú podrás darles vida si les prestas más atención de la que se merecen. Tu felicidad y todo lo que te propongas no depende de lo que los demás tengan para decir, sino de lo que tú estés dispuesto a hacer con el rumor” (p. 128).
- El (jefe) autoritario.
“Un líder sabe adónde quiere llegar, no depende de sus sentimientos ni de sus estados de ánimo, sino que se apoya en su determinación, su objetivo y su eficacia. La autoestima te dice: ‘Me gusta’; la eficacia dice: ‘Yo sé que puedo” (p. 134).
- El neurótico.
“La persona neurótica vivirá esperando escuchar lo que quiere escuchar; de lo contrario, dirá: ‘Tú eres malo, tú no me quieres’. De una forma u otra, los neuróticos darán la vuelta a toda la información y la adaptarán a lo que ellos piensan, vivirán discutiendo pero nunca harán nada para salir de ese círculo de ‘beneficios’ que les proporciona la queja y la frustración” (p. 151).
- El manipulador.
“El manipulador vendrá primero con palabras seductoras o de reconocimiento, pero lentamente irá introduciendo su descalificación, cuando no gritos e insultos. Cuando sea su turno, te hará sentir permanentemente en riesgo de que si te equivocas de alguna forma, vas a perderlo. Si eres su víctima, probablemente comenzarás a alejarte de todos tus afectos porque tendrás una idea fija en tu mente: obtener la aprobación y no ‘perder’ al manipulador en cuestión” (p. 157).
- El orgulloso.
“El exceso de confianza no da margen para mejorar. Quien dice: ‘Lo que he hecho está perfecto’, no se pregunta: ‘¿Qué puedo hacer para mejorarlo?” (p. 166).
Imagino que todos habéis conocido personas con algunos de estos rasgos, más o menos acentuados. Yo, desde luego, sí. Y le doy la razón al autor en que conviene detectarlas cuanto antes, porque, si entran en tu círculo íntimo, el peligro de contagio es muy elevado. Tampoco se trata de dejar esas personas fuera de tu vida, como parece ser el leitmotiv del libro, pues en el fondo son personas que necesitan mucho amor y que no han encontrado otra forma mejor de pedirlo. Lástima que muchas veces no se dejen ayudar y vean ‘fantasmas’ y ‘enemigos’ allí donde sólo hay gente dispuesta a colaborar. Quién sabe, quizá este libro les sirva de espejo y les ayude a cambiar y a encontrar la felicidad.