Canal RSS

Un canto a la libertad bien entendida

Posted on

He vuelto a leer “Juan Salvador Gaviota”, de Richard Bach, he vuelto a rememorar el valor de la libertad.

Juan es una gaviota diferente al resto. No se conforma con comer, dormir y poco más, sino que busca algo más. Y encuentra ese algo más en el vuelo. Juan Salvador Gaviota quiere aprender a volar más y más rápido, más y más lejos, más y más perfecto…

Sus ansías de perfección le convierten en alguien muy diferente a los demás miembros de la bandada, algo que preocupa a sus padres y cabrea al resto.

Pobre Juan, se le olvidó que ser diferente tiene un precio.

Y soporta las burlas, los menosprecios, el rechazo y, finalmente, el exilio.

Y muere solo con sus vuelos.

La historia, así contada, parece triste, pero nada más lejos de la realidad.

Tras la muerte, comienza otra forma de entender la libertad.

En vida, la libertad se limitaba a hacer lo que más le gustaba, volar, sin hacer daño a nadie.

Tras la muerte, la libertad se transforma y se convierte en compartir, acompañar y cuidar los que, como él, buscan algo más.

El que murió solo con sus vuelos desapareció feliz en el recuerdo de cientos.

Gran Juan Salvador Gaviota, tú sí que sabes.

Concluyo con las primeras palabras del libro: “Al verdadero Juan Gaviota, que todos llevamos dentro”.

 

Imagen tomada de aquí.

 

“Nieve” para los funámbulos de la palabra

Posted on

“Nieve”, del francés Maxence Fermine, es una novela, tal vez un poema largo, sobre poesía, amor y vida. Escrito con una gran sencillez y delicadeza, la historia del joven Yuko Akita te va empapando hasta dejarte completamente impregnado de belleza.

Las palabras fluyen como esos copos de nieve, fríos y brillantes, que no puedes dejar de contemplar sin maravillarte ante su minúscula grandeza. ¿Cómo algo tan frío y mecánico como la palabra puede evocar algo tan cálido como el amor o tan imprevisible como la vida? Ése es el misterio de la literatura, de la prosa y la poesía, tal vez.

¡Ah, el amor!

El amor es con mucho la más difícil de las artes. Y escribir, bailar, componer música y pintar son lo mismo que amar. Funambulismo. Lo más difícil es avanzar sin caer” (55-56).

¡Ah, la palabra!

En realidad, el poeta, el auténtico poeta, posee el arte del funambulismo. Escribir significar avanzar palabra tras palabra por un hilo de belleza, el hilo de un poema, de una obra, de una historia estampada en un papel de seda. Escribir significa avanzar paso a paso, página tras página, por el camino del libro. Lo más difícil no es elevarse del suelo y mantenerse en equilibrio, ayudado por el balancín de la pluma, sobre el hilo del lenguaje. Tampoco significa caminar hacia adelante por una línea continua interrumpida por vértigos tan furtivos como la caída de una coma o el obstáculo de un punto. No, lo más difícil, para el poeta, es permanecer constantemente en ese hilo que es la escritura, vivir cada momento de su vida a la altura del sueño, no bajar nunca, siquiera un instante, de la cuerda de su imaginación. En realidad, lo más difícil es convertirse en un funámbulo de la palabra” (89)

¡Ah, la vida!

 Camino sobre una cuerda floja,

lentamente,

con mucho miedo a caerme.

 

Cuando miro al horizonte,

milagrosamente,

puedo avanzar rápidamente.

 

Cuando miro mis pies,

o a otros que van por delante,

pierdo el equilibrio y he de sentarme.

 

No termino de aceptar lo que soy:

un equilibrista más

en busca de la felicidad.

 

(poema titulado “Equilibrista” y escrito en 2003)

 

 

Gente tóxica, gente contaminada

Posted on

Hace unos meses me regalaron un libro de Bernardo Stamateas, titulado “Gente tóxica. Las personas que nos complican la vida y cómo evitar que sigan haciéndolo”.  Como indica el subtítulo, el libro explica las características de personas que perjudican a los demás y ofrece algunos consejos para liberarse de su fatal influencia.

Como libro de autoayuda, te permite detectar más fácilmente a las personas destructivas que te rodean, pero también te ayuda a conocerte mejor, pues todos tenemos algún rasgo tóxico más o menos avanzado.  Para que te hagas una idea, por el libro pasan los siguientes tipos -o tal vez debiera decir tipejos-:

- El meteculpas.

“La culpa nos lleva a olvidar lo que sentimos y necesitamos, nubla por grandes periodos de tiempo nuestros derechos, convirtiendo nuestras prioridades en necesidades secundarias, mientras le otorga a la opinión y a los sentimientos de los otrs un lugar de urgencia y superioridad” (p. 20).

- El envidioso.

“Puedes admirar en lugar de envidiar. La palabra envidia proviene del latín y quiere decir ‘yo veo’. La palabra admiración también proviene del latín y significa ‘yo miro a’. Envidiar quiere decir ‘mirar mal’; admirar implica ‘mirar a’. Ambas tienen que ver con mirar; la diferencia es que la envidia trae aparejado enojo y la admiración, motivación” (p. 39).

 - El descalificador.

“Los descalificadore te endiosan hoy y mañana te bajan del pedestal en un instante. Juegan juegos crueles que pretenden desestabilizar tus emociones y robarte los sueños. Su idea es que vivas desconfiando, te sientas inseguro y dependas de sus palabras y opiniones” (p. 44).

- El agresivo verbal.

“Muchas veces vivimos pendientes de las emociones ajenas, supeditando nuestro bienestar al humor y al trato que otros quieran darnos. Protagonizamos continuos intercambios verbales que nos llevan a pensar qué es lo que debemos decir y cómo y qué debemos hacer y qué no, para evitar despertar al ‘monstruo’: la violencia del otro” (p. 58).

- El falso.

“Sucede que las máscaras terminan adhiriéndose a tu piel, y tú necesitando cada vez más de ellas. Pero la realidad es que sólo sirven para convencer a los demás de algo que no eres” (p. 87).

- El psicópata.

“Los psicópatas son personas que no sienten culpa ni angustia, que mienten, engañan, roban y no sienten absolutamente nada por el daño que causan” (p. 97).

- El mediocre.

“Los seres humanos tendemos a conformarnos y a aferrarnos a lo conocido por miedo a perder lo que ya hemos conseguido” (p. 107).

- El chismoso.

“Los rumores no te quitarán la felicidad ni el sueño. Sólo tú podrás darles vida si les prestas más atención de la que se merecen. Tu felicidad y todo lo que te propongas no depende de lo que los demás tengan para decir, sino de lo que tú estés dispuesto a hacer con el rumor” (p. 128).

- El (jefe) autoritario.

“Un líder sabe adónde quiere llegar, no depende de sus sentimientos ni de sus estados de ánimo, sino que se apoya en su determinación, su objetivo y su eficacia. La autoestima te dice: ‘Me gusta’; la eficacia dice: ‘Yo sé que puedo” (p. 134).

- El neurótico.

“La persona neurótica vivirá esperando escuchar lo que quiere escuchar; de lo contrario, dirá: ‘Tú eres malo, tú no me quieres’. De una forma u otra, los neuróticos darán la vuelta a toda la información y la adaptarán a lo que ellos piensan, vivirán discutiendo pero nunca harán nada para salir de ese círculo de ‘beneficios’ que les proporciona la queja y la frustración” (p. 151).

- El manipulador.

“El manipulador vendrá primero con palabras seductoras o de reconocimiento, pero lentamente irá introduciendo su descalificación, cuando no gritos e insultos. Cuando sea su turno, te hará sentir permanentemente en riesgo de que si te equivocas de alguna forma, vas a perderlo. Si eres su víctima, probablemente comenzarás a alejarte de todos tus afectos porque tendrás una idea fija en tu mente: obtener la aprobación y no ‘perder’ al manipulador en cuestión” (p. 157).

- El orgulloso.

“El exceso de confianza  no da margen para mejorar. Quien dice: ‘Lo que he hecho está perfecto’, no se pregunta: ‘¿Qué puedo hacer para mejorarlo?” (p. 166).

Imagino que todos habéis conocido personas con algunos de estos rasgos, más o menos acentuados. Yo, desde luego, sí. Y le doy la razón al autor en que conviene detectarlas cuanto antes, porque, si entran en tu círculo íntimo, el peligro de contagio es muy elevado. Tampoco se trata de dejar esas personas fuera de tu vida, como parece ser el leitmotiv del libro, pues en el fondo son personas que necesitan mucho amor y que no han encontrado otra forma mejor de pedirlo. Lástima que muchas veces no se dejen ayudar y vean ‘fantasmas’ y ‘enemigos’ allí donde sólo hay gente dispuesta a colaborar. Quién sabe, quizá este libro les sirva de espejo y les ayude a cambiar y a encontrar la felicidad.

 

Vida de pez

Posted on

Una y otra vez,

siempre vuelves a la misma esquina:

“Mira que esto me suena,

¿lo habré vivido en otra vida?”.

 

Te lo dice tu madre,

te lo dicen tus amigas:

“Anda, aprende de una vez,

que la cicatriz se abre siempre por la misma herida”.

 

Pero tú le das más y más vueltas

al pequeño mundo de tu pecera de cristal:

“¿Por qué me hice mal otra vez?

¿Quién me hizo daño esta vez?”.

 

Nada, nada, nada, nada…

Siempre en el mismo sentido

para moverte sin que cambie

nada, nada, nada, nada…

 

Abuelo

Posted on

Abuelo, hoy que te has ido te empiezo a echar de menos.Recuerdo cómo te tiraba del pelo cuando, con tus robustos brazos, me aupabas del suelo.

Recuerdo cuando te acompañaba al huerto y me explicabas, con paciencia y acierto, qué era esta planta, esa flor, aquel seto.

Abuelo, no entiendo por qué vivimos tan lejos. No sé si fueron los kilómetros que separaban la ciudad del pueblo o mis hormonas de adolescente autosuficiente y altanero.

Tampoco entiendo cómo pasó tanto tiempo sin que me diera cuenta de que éste no es eterno y que tú te ibas haciendo viejo.

¡¡Pero es que siempre lo fuiste, abuelo!!

Abuelo, hoy  que te has ido  te empiezo a echar de menos. No hay nadie a quien abrazar, nadie a quien preguntar, nadie a quien ignorar. 

Abuelo, hoy que ya no estás, hoy te digo: “Te quiero”.

 

“El anciano del poyo”, pintado por Eduardo García Alcalde

La revolución verde

Posted on

“Somos muchos, pero estamos muy mal organizados. No sé cómo nos hemos dejado comer terreno, pero el caso es que lo hemos perdido. Tal vez fue un error emigrar a la ciudad para acabar rodeados de cemento.

Pero no quiero desviarme.

El motivo de mi huelga de hambre es que estoy HARTO. Harto de vivir con miedo, pensando en quién será el próximo en pisarme o, lo que es peor, quién será el siguiente en ignorarme y dejarme a un lado, como esas cacas de perro. Pobres apestadas.

Pero no quiero desviarme.

Creo que es hora de ignorar las sombras, alzar la cabeza y enfrentarnos cara a cara con El Opresor, ese árbol cuyas raíces nos ahogan y cuyas ramas nos impiden ver la luz del sol.

Que sí, que sí, que todos somos hijos de la Naturaleza –y algunos hijos de alguien más, ejem-. Hechos de las mismas partículas, alimentados por la misma Tierra y acariciados por el mismo viento, todos deberíamos poder crecer en paz y sin miedo”.

 

Nota del traductor: Fragmento de un folleto de autor desconocido. Algunos especialistas lo atribuyen a una brizna de césped crecida en la gran ciudad. Otros, por el contrario, creen que procede de una especie vegetal silvestre que pudo haber llegado a la urbe a principios del siglo XXI. En todo caso, está confirmado que dicha criatura falleció tras mantener una prolongada huelga de hambre, tanto de elementos sólidos como líquidos, dando lugar a una revolución sin precedentes, hoy conocida como “La revolución verde”.

La soledad del líder, en “La dama de hierro”

Posted on

En esta vida, todo tiene un precio. Si eliges una vida anónima y tranquila, ganas unas cosas y pierdes otras. Si optas por una vida pública y ajetreada, pierdes algunas cosas y ganas otras. Elijas lo que elijas, siempre ganas y pierdes algo. Margaret Thatcher, la protagonista de “La dama de hierro”, eligió una vida pública y no le fue nada mal, pues llegó a ser la Primera Ministra de Inglaterra durante algo más de diez años. Qué más podía pedir alguien que ansiaba poder servir a sus compatriotas a través de la política –o, al menos, eso transmite el largometraje dirigido por Phyllida Lloyd-. Pero…

Siempre hay un pero. El largometraje nos muestra con gran realismo los últimos años de la que algunos calificaron como “La dama de hierro”, una mujer frágil y atormentada por la idea de haber descuidado a su marido, a sus hijos, a su familia al fin y al cabo. El film pivota, por tanto, sobre esas dos Margarets: la política joven, fuerte y segura de sí misma, capaz de tomar las decisiones más impopulares sin inmutarse lo más mínimo; y la ama de casa anciana, débil y dubitativa, incapaz de mostrar sus sentimientos e inseguridades. No hay que decir que Meryl Streep, la actriz que da vida a la estadista, sale sobradamente airosa de tan esquizofrénico reto.

Para quienes ya han visto la película, destacaría dos escenas que reflejan a la perfección la faceta pública de la británica. La primera tiene lugar cuando decide intervenir en Las Malvinas, dando lugar a la guerra de tal nombre. El representante de Estados Unidos intenta disuadirle de la idea, pero ella le plantea, sin arrugarse, que Norteamérica no tiene autoridad moral para dar lecciones a Gran Bretaña. Un segundo momento memorable se produce cuando deja en evidencia a uno de sus miembros de Gabinete en el Consejo de Ministros. Su actitud nos recuerda a una profesora exigente y despiadada: “Si no puedo confiar en que redactes la agenda sin faltas de ortografía, ¿cómo podré confiar en lo demás?”.

De la vida privada, me quedo con otro par de escenas que reflejan el tormento que bulle en el interior de un cuerpo torpe y arrugado. En un momento, ella se dice a sí misma que el esfuerzo ha merecido la pena, que las generaciones venideras recordarán lo que ha hecho por ellas. Y el fantasma que la acompaña, el de su marido, le contesta que no tiene por qué, que podrían perfectamente olvidarse de ella. En otro momento, ella se pregunta en voz alta: “¿Fuiste feliz a mi lado?”. Y, poco después, el marido le comenta: “Tranquila, te las apañarás muy bien sola, siempre lo has hecho”. Ah, la soledad. Éste es, a mi juicio, el gran tema del film. Cuando somos fuertes, nadie nos preocupa, nadie nos interesa. Cuando nuestras fuerzas flaquean y nuestra mente se apaga, ¿de quién nos acordaremos?, ¿a quiénes echaremos de menos? Si todo tiene un precio, sólo puedo recomendar-me una cosa: elige bien, por lo que más quieras.

Imagen tomada de aquí.

La poesía implícita en la película “Somewhere”, de Sofía Coppola

Posted on

EN ALGÚN LUGAR

 

Allí, en algún lugar

bajo el cielo

vive un hombre

esclavo del éxito.

 

Oculto bajo una máscara

de alcohol, drogas y sexo,

se esconde un viejo

sin ganas de vivir y sin sueños.

 

Aquí ha llegado su hija,

una dulce bailarina

que atrae la mirada del padre

y trastoca su rutina.

 

Una niña que ríe, juega y cocina,

pero que frunce el ceño y llora

cuando intuye que la arrinconarán en una esquina.

 

Muerte y vida

conviven unos días;

en algún lugar,

un corazón encuentra su medicina.

 

No más vueltas sin sentido,

no más velocidades de vértigo ni ruido;

en algún lugar un hombre frena y encuentra su camino.

¡Bienvenido!

 

El arte de tejer una vida bella en “El rojo de las flores”

Posted on

La primera novela de Anita Amirrezvani me ha sumergido en la Persia (actual Irán) del siglo XVII, en las dificultades que tenían las mujeres para sobrevivir sin el respaldo de un marido, en el culto a los sentidos de los más ricos, en el arte de la fabricación de alfombras, en la tradición de las narraciones orales, en el despertar de la sexualidad, en la eterna búsqueda de sentido… Todo ello y mucho más a través de los ojos de una joven que ha de comenzar una nueva vida junto a su madre tras la repentina muerte de su progenitor.

Las mujeres no lo tenían fácil en el mundo musulmán que describe la novela, donde una mujer soltera o viuda era menos que un cero a la izquierda. El libro también muestra la enorme distancia que separaba a pobres y ricos, aunque fueran de la misma familia, con lo que la obra podría interpretarse como una denuncia de la situación social de entonces y tal vez actual, penosamente actual, en el mundo musulmán.

Sin embargo, el libro podría verse también como un canto al arte, a la estética, a la belleza. La joven protagonista tiene el don de tejer alfombras, un talento natural que se ve potenciado por las enseñanzas de un pariente lejano. Esta íntima relación maestro-alumna le permite aprender más sobre cómo diseñar, colorear y tejer esa pieza doméstica que en ocasiones pasa inadvertida. No así para la protagonista, que encuentra en la elaboración de alfombras algo más, mucho más, que una fuente de ingresos:

De igual manera que entramos en una mezquita y su alta cúpula eleva nuestro espíritu hacia cuestiones más importantes, una magnífica alfombra pretende hacer lo mismo bajo nuestros pies. Una alfombra así nos acerca a la magnificencia del infinito, velado pero siempre cercano, más incluso que el latido de nuestra propia sangre. El sol radiante que explota en el centro de una alfombra expresa ese resplandor sin límites. Flores y árboles evocan los placeres del paraíso, y siempre hay un punto en el centro del tapiz que sosiega el ánimo. Una única flor de loto blanca flota en un estanque turquesa, y ahí está, en sus más nimios detalles: una apelación a lo mejor que cada uno tiene en su interior, invitándonos a sumarnos al gozo de la unión. Las alfombras no sólo representaban las complejidades de la naturaleza y el color, o el dominio del espacio, sino que también constituían una muestra del diseño del infinito. Cada motivo contenía la obra del Tejedor del Mundo, completa y entera, y cada nudo de la existencia diaria contenía la mía.

Precioso, ¿verdad?

Otro arte al que también se hace referencia, aunque de forma más sutil, es el arte de contar cuentos de forma oral, pues la historia de la protagonista está contada como si fuera un cuento y porque la novela está salpicada de pequeñas narraciones que se van intercalando a lo largo del relato principal.

Finalmente -¿finalmente?, “El rojo de las flores” también podría tener una lectura, llamémosle existencial. Al comienzo los lectores conocemos a una niña; al final, los lectores descubrimos a una mujer. ¿Qué ha pasado en medio? No ha sido sólo la experiencia sexual, magníficamente descrita por la autora. Han sido también las dificultades, las enormes dificultades que atraviesan madre e hija para sobrevivir en un mundo indiferente y hostil. Sí, por mucho que nos pesen, los problemas son los que nos hacen movernos hacia delante, superarnos, crecer como personas… Bueno, no a todas. Algunas se malogran, se amargan, se agrían por el camino.

Yo sabía bien el esfuerzo que en realidad costaba: me dolía la espalda, tenía las piernas agarrotadas y hacía un mes que apenas dormía. Pensé en todo el sufrimiento que se ocultaba tras una alfombra, empezando por los materiales. Inmensos campos de flores debían ser sacrificados para obtener los tintes; inocentes gusanos se hervían vivos para obtener su seda… ¿Y las tejedoras? ¿Teníamos que sacrificarnos también?

Había oído historias sobre mujeres que habían quedado deformes tras haber pasado largas horas sentadas ante el telar, de modo que, cuando trataban de parir, sus huesos formaban una prisión que impedía salir a sus hijos. En tales casos, madre e hijo morían tras muchas horas de agonía. Incluso las tejedoras más jóvenes padecían de espalda, tenían las piernas torcidas, los dedos cansados y los ojos exhaustos. Todo nuestro trabajo se ponía al servicio de la belleza, pero a veces parecía como si cada hilo estuviera empapado de la sangre de las flores.

La sangre es vida, pero también es muerte…

No sabemos si nuestra protagonista consigue lo que tanto anhela, pero sí sabemos que ha encontrado la actitud, la predisposición adecuada para recibir lo que desea. Os dejo con sus palabras, que me parecen un canto a la vida, un canto a la creación, un canto a la aceptación de uno mismo y al amor…

Jamás inscribiré mi nombre en un tapiz, a diferencia de los maestros del taller de alfombras real, a quienes se honra así por su arte. Jamás aprenderé a tejer el ojo de un hombre con tanta precisión que parezca real, ni trazaré diseños con capas de motivos tan intrincados que dejarían perplejos a los más grandes matemáticos. Pero he producido mis propias obras, que la gente atesorará durante años. Cuando se sienten en una de mis obras, con las cadenas tocando el suelo, la espalda erguida y la coronilla apuntando hacia el cielo, se sentirán sosegados, reconfortados, transformados. Mi corazón llegará a conmover el suyo y seremos una sola cosa, incluso cuando me haya convertido en polvo y aunque nunca lleguen a conocer mi nombre.

Tejamos una vida bella, por dentro y por fuera.

Imagen tomada de aquí.

 

Esa extraña vinculación entre infelicidad y maldad, en “Mientras duermes”

Posted on

Hace poco que he visto “Mientras duermes”, la última película dirigida por Jaume Balagueró y protagonizada por Luis Tosar, Marta Etura y Alberto San Juan. El largometraje gira en torno a una idea muy antigua, tan antigua como el mismo Aristóteles.

El filósofo griego del siglo IV antes de Cristo escribió uno de los primeros libros dedicados por entero a la ética, su famosa “Ética a Nicómaco”. Y en esa obra, fíjate por donde, ya dedicaba un capítulo entero a la felicidad. ¿Y cuál es la relación entre la ética y la felicidad? La misma, probablemente, que existe entre maldad e infelicidad. Saco esto a colación porque la última película del director catalán versa precisamente sobre las cuestiones que planteó el Estagirita, pero a la inversa. Y me explico.

“Mientras duermes” es la historia de un portero de un bloque de pisos, César, que es profundamente desgraciado. Él lo explica perfectamente en algún momento de la película. Cito de memoria: “Yo siempre he sido así. Hay gente que nace ciega, sorda, muda, coja… Yo nací sin la capacidad de ser feliz”. Esto es muy interesante, porque el guionista no quiere explicarnos por qué César es como es. No está traumatizado, no le han hecho daño, es así y punto.

César no le encuentra sentido a la vida hasta que conoce a Clara, una chica alegre y simpática del bloque que él cuida. Lo terrible del asunto no es que él se enamore de ella y se sienta rechazado, no, lo terrorífico es que él descubre que la única forma de olvidar sus deseos de suicidarse es borrarle la sonrisa de la cara.

Por eso os decía que en esta película se refleja con absoluta nitidez que una persona infeliz es una persona que hace desgraciados a quienes le rodean. El problema -ético- de César es que él es consciente del daño que hace, porque lo busca expresamente y porque disfruta haciéndolo, sin ningún tipo de remordimientos.

Esto es algo que nos repugna desde lo más profundo de nuestro ser y que nos muestra que el sabio Aristóteles estaba en lo cierto: las personas buscamos la felicidad, pero la auténtica reside en el ejercicio de la “virtud”, no en el “vicio”, por mucho que a algunos esto último les produzca placer. Por eso nos retorcemos en la butaca cuando vemos que “el malo de la película” se sale con la suya, que nadie le ajusta las cuentas, que nadie hace justicia.

Sí, existe una extraña vinculación entre infelicidad y maldad, así que me digo -os digo-: pon empeño en ser feliz, no vaya a ser que vayas dejando cadáveres a tu paso sin darte cuenta, pero ten cuidado en dónde pones la felicidad, no vayas a buscarla donde no podrás encontrarla, aunque disfrutes un ratito.

 

 Imagen tomada de aquí.

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.